Leyenda del Palacio Encantado


Del libro Tradiciones de Toledo, escrito por Eugenio de Olavarría y Huarte.

Interior de las Cuevas de Hércules

No hay tradición más extendida en España que la existencia en Toledo de un palacio encantado construido por el rey Hércules —personaje mitad real, mitad fabuloso; ser extraño con medio cuerpo de dios y medio de hombre—, y su profanación por Rodrigo, último rey de la primera línea goda, que con este acto sacrílego precipitó el cumplimiento de viejas profecías que habían señalado los años en que la profanación se llevase a cabo como los últimos de vida para esa monarquía visigoda, que nace frente a Roma fuerte y poderosa, adornándose con los despojos del moribundo y decadente imperio, para morir, tres siglos más tarde degenerada por su vicios, en las ondas del Guadalete.


Y es que, como ya hemos dicho en otro lugar, el pueblo necesita ver siempre un móvil humano en esos hechos misteriosos que conmueven y arrojan por el polvo las más altas instituciones. La ley providencial, cuya existencia comprueba el filósofo en el estudio de la historia, es idea harto elevada para que pueda ser comprendida por las muchedumbres; y ante el desquiciamiento de un mundo, ante la desaparición de una raza, el pueblo no busca los defectos de esa raza, la falta de solidez de ese mundo; mira en la superficie de las aguas que arrastran sus restos algunas de las víctimas, pesa sus faltas, indaga sus culpas y echa sobre su frente el peso de sus maldiciones. Así, arrojados esos infelices como pasto a la voracidad de las generaciones del porvenir, pasarán eternamente, sin cansarse, sin detenerse nunca —semejantes al Ashaverus de la leyenda cristiana—por el campo de los hechos atrayendo sobre sí el odio de la posteridad.

La muerte de una civilización que desaparece en un instante dado, es asunto muy grande para que los pueblos, que más juzgan por el sentimiento que por la razón, vean solamente en él meros accidentes de la pobre naturaleza humana que, aun a pesar suyo, se gasta en la incesante lucha de la vida. Esta explicación tan lógica, tan natural, no basta a su imaginación preocupada y soñadora; necesitan algo más, mucho más, y, como siempre y en todas las épocas de su historia, acuden a buscar en la intervención de la divinidad en los hechos humanos, ese algo, ese mucho, que de otro modo escaparían a su penetración. De aquí que en los últimos instantes de las razas que desaparecen para dejar paso a otras más vigorosas, más jóvenes, con más vida, alcancen y tengan una gran influencia los mitos a que esas razas dieron forma y rindieron culto en la mañana de su vida.

Para el pueblo, que es fatalista a pesar suyo, lo que ha de suceder sobre la tierra está previsto de antemano en el libro inmenso que guarda el secreto de todas las cosas; libro gigante escrito por el mismo Dios, que lee el hombre poco a poco, y cuyas hojas pasa el tiempo, sombrío ejecutor de sus sentencias, con extraordinaria lentitud.

De cuando en cuando, esos misteriosos acontecimientos no previstos, anuncian la aproximación del término fatal…

Entonces es cuando el sol se nubla en pleno día; cuando extraños astros cabelludos cruzan por la noche, como grandes bolas de fuego, los confines del horizonte; cuando las nubes, condensándose rápidamente, humedecen la tierra con copiosa lluvia de sangre. La muerte de un grande hombre; una guerra sangrienta; un año de hambre; la decadencia de un pueblo; todo lo anuncian estas señales terribles de fuegos que se encienden de repente y de repente se apagan, de piedras que caen del cielo en abundante rocío, de sombras que se extienden por todas partes...

No hay movimiento grande en la tierra que no haya sido anunciado por esas señales terribles que quedan impresas para siempre en la memoria de una generación. Un cometa anunció la ruina de Jerusalén; diversos prodigios precedieron a los bárbaros, anunciando a la Roma pagana la aproximación de las hordas de Alarico; la naturaleza detuvo su marcha acostumbrada cuando murió Jesús sobre la cumbre del Calvario.

Y considerando como castigo provocado por algunos estas desgracias generales, siempre recae sobre unos cuantos la responsabilidad que entre todos debieran asumir.

En vano hubiera deseado el último rey de la primera línea goda escapar a esta regla, que parece, por lo fatal e inexorable, estar dentro de nuestro organismo, de nuestra constitución. Las Crónicas de la Edad Media, reflejo de las ideas de su tiempo, expresión de los sentimientos de aquellos desgraciados que antes vivían en los esplendores del poder y la grandeza y gemían ahora en las cadenas de la servidumbre, ensombrecieron la figura de don Rodrigo pintándole con los más repugnantes caracteres. Todos los vicios de la sociedad gótica, todas sus culpas, todas sus debilidades, tomaron forma y se encarnaron en él. Poseído del mismo vértigo que su antecesor Wittiza, no había valla que no salvase su voluntad, respetos que no atropellase su capricho.

Por eso cuando la hermosura de Florinda seduce sus ojos, pero no su corazón, no le detiene en la senda que emprende desatentado la consideración de los males que puede acarrear a su reino la cólera del conde don Julián, y viola a esa desventurada Betsabé, que más infeliz que la manceba del monarca hebreo, ve, antes de morir, su raza destruida, su patria esclavizada y hollado el altar de sus creencias: marco de desdichas puesto por la venganza al cuadro infame de su deshonor.

Pero esto no basta; las injurias que se hacen a los hombres despiertan contra el que las infiere la cólera de los hombres, y es preciso que don Rodrigo ofenda directamente al cielo para atraer la cólera de Dios. Y firme en estas convicciones, la fantasía popular presenta a don Rodrigo irreligioso e inventa prohibiciones divinas para que él las rompa, y torres cerradas que esconden males sin cuento, para que él, —con tanta imprudencia como la Pandora griega— abra las nubes de los castigos celestiales.

Tal es el fundamento de esa tradición que lleva el nombre de Palacio Encantado, último resto de una monarquía hecha pedazos por el alfanje de Tarik.

I

Era cosa harto sabida, y que no ignoraba ningún habitante de Toledo a principios del siglo VIII, la existencia de un palacio encantado situado próximamente a media legua de la población en un lugar agreste y sombrío donde la naturaleza hacía gala de la mayor aridez, mostrándose en toda la imponente majestad de la tristeza. Nada más triste, en efecto, que aquel lugar al que nadie llegaba sin temor. Áridas rocas puntiagudas, en cuyas grietas crecía el musgo: el llano, falto de verdura y como agostado por un sol de fuego: tal era el paisaje que descubría la mirada del que impulsado por la curiosidad llegaba a aquel sitio de donde al punto le repelía un terror supersticioso. Ni la más pequeña corriente de agua cruzaba la yerma llanura; ni una flor se levantaba en los contornos. Los pájaros huían de allí exhalando esos gritos lastimeros con que anuncian la tempestad. Cuando el sol brillaba radiante y el cielo puro y sereno semejaba una inmensa pradera azul, el sombrío lugar parecía una protesta viva de la naturaleza contra la gloria de la creación; cuando, por el contrario, las nubes, agrupándose, formaban espesa capa que velaba la luz del astro-rey, el trueno que zumbaba parecía salir de aquel paraje misterioso.

Por la noche, apenas las sombras cubrían el espacio, ruidos extraños de cadenas, lejanas caídas de agua, ecos de un martillo gigantesco cayendo sobre un yunque, manejado por el brazo de un Titán, relinchos de caballos salvajes, gritos estridentes, ayes y alaridos que brotaban del centro de la tierra, se unían en el viento formando un concierto de horrible cadencia que parecía el canto de los condenados elevándose desde el abismo, sones discordes arrancados por una mano inhábil a un órgano roto y destemplado. Oíase el ruido de miles de caballos trotando sobre campos de granito, huyendo de las rugientes aguas de desbordado río; el fúnebre tañido de innumerables campanas que tocaban a rebato para anunciar la matanza y la destrucción; el estrépito de montañas derrumbándose con estruendo; el lúgubre graznar de esos pájaros de la muerte que se ciernen como negra mancha sobre un campo de batalla para devorar los cuerpos, aún calientes, de los eternos vencidos; silbidos de serpientes y silbidos del aquilón; rugir de fieras aguijoneadas por el hambre y rugir de olas agitadas por la tempestad... Todo sonaba a la vez confundido en un hondo lamento; en un eco de inmensa resonancia que llevaba el terror a los moradores de las cercanías, que se tapaban los oídos para no oír, y empezaban a murmurar oraciones que ahuyentasen a los malos espíritus. Cuando la noche plegaba su manto de bruma y los primeros rayos de la aurora encendían con pálida luz la línea confusa del horizonte, los ruidos cesaban, y hubiérase dicho que solo existían en la imaginación de los crédulos habitantes de los contornos.

En aquel lugar salvaje alzábase esbelto y gallardo un palacio maravilloso, cuya descripción nos han dejado los cronistas. Alto hasta el punto de no haber hombre alguno que, con toda la fuerza de su brazo, pudiese lanzar una piedra hasta su torre, estaba construido con pequeños pedazos de ricos jaspes y pintados mármoles, tan lucientes que, visto de lejos, brillaba como si fuese de cristal; y tan sutilmente había unido el arte los millones de pequeñas piedras que le constituían, que todas ellas parecían formar una sola y única piedra de varios matices. Cuatro enormes leones de metal sostenían, como aplastados por su peso, la airosa torre, que orgullosamente se levantaba hasta las nubes. Aquel palacio era el palacio de Hércules, rey fuerte y poderoso, sabio que conocía los secretos del cielo y de la tierra, gran adivino, investigador de lo porvenir, que lo había edificado escribiendo en su interior las desgracias que amenazaban a España, después de obtener del cielo que los hechos que profetizaba no se realizarían hasta que ocupase el trono un rey bastante desatentado y ciego para posponer a una necia curiosidad el riesgo de su nación. Mientras esto no sucediese, Dios detendría el rayo pronto a escaparse de su mano; pero si la fatalidad llegaba a poner la corona sobre las sienes de ese rey, entonces no había remedio alguno: la pérdida del pueblo a que perteneciera estaba señalada en los decretos del destino, y la terrible sentencia se cumpliría infaliblemente. Por esta razón, terminada su obra, Hércules puso un candado a la puerta, mandando que cuantos monarcas le sucediesen siguieran su conducta, sin atreverse a penetrar un secreto que tan espantoso encanto guardaba, y cumpliendo esta prescripción de su antiguo predecesor, todos los reyes, pocos días después de su coronación, se trasladaban con gran pompa, rodeados de su corte, al misterioso palacio, y ponían un nuevo candado en su mágica puerta, cuyos goznes no habían girado desde la época de su construcción. De aquí los nombres con que el pueblo le llamaba, adivinando las maravillas que encerraría en su seno, pero temiendo cegar al verlas: placer con pesar, guardia complidera, secreto de lo porvenir.

Treinta candados habían puesto ya a la puerta los reyes godos cuando subió al trono don Rodrigo que, ocupado en los primeros meses de su reinado en la tarea de reprimir a los inquietos partidarios de Wittiza, mal avenidos con la destitución de su señor, no se cuidó de cumplir el tradicional mandato de Hércules que, como importante consigna, pasaba de un rey a otro hacía tantos siglos. Libre por fin de estos cuidados, pudo ocuparse del mágico alcázar, y tomó con gran diligencia cuantos datos guardaba sobre él la memoria popular, pero no para proseguir en la observancia de lo que ya era como una ley que ninguno debía ser bastante osado a traspasar; la serpiente de la curiosidad había mordido su corazón, y descreído, indiferente, teniendo en poco el respeto a la antigüedad, ansiaba, como Eva en el Paraíso, comer la fruta del árbol del bien y el mal. Placer con pesar llamaba el pueblo al encantado recinto, y don Rodrigo, amigo de conseguir goces sin cuento, cualquiera que fuese su precio, no vacilaba en exponerse a encontrar lo segundo con tal de ver si podía obtener lo primero; locura que había de costar muy cara a él y a su reino, porque los pueblos, sufriendo con paciencia los abusos de un tirano, se hacen responsables, en cierto modo, de su tiranía, y como aquel sufre el castigo de su despotismo, ellos también sufren el de su bajeza.

En vano intentaron los magnates hacerle desistir de su designio. Los déspotas tienen derecho a ser obedecidos, y acostumbrados a que eternamente sea ley su capricho, no retroceden jamás ante reflexiones que no escuchan, o que, si escuchan, desatienden; y un día don Rodrigo, seguido de su corte, hacía romper delante de él los candados de la puerta del palacio, para penetrar audazmente en su recinto silencioso.

El estado de la atmósfera se hallaba en perfecta relación con el del ánimo de los nobles acompañantes del soberano, que bajaban la vista sin atreverse a mirarse unos a otros para no reprocharse su debilidad. Ni el más leve rumor turbaba el silencio que reinaba en el agreste paraje. En la atmósfera, la calma que precede a la tempestad; en el alma, el estupor que precede a la desgracia presentida. El viento parecía dormido; los circunstantes, como rebaño que adivina el peligro, se apretaban unos contra otros conteniendo la respiración. El mismo rey, tan alegre de ordinario, callaba acometido por ese recelo que no se puede contener al encontrarse frente a lo desconocido. Solo turbaba aquella calma siniestra el ruido que producían los martillos al romper los viejos candados —añeja representación de la fe de otros tiempos— que al caer en pedazos al suelo, y al ser heridos por el hierro, producían un sordo chirrido. Cayeron por fin todos; solo uno permanecía en su lugar: el de Hércules, como si, en efecto, se resistiera a franquear la puerta a tantos males. Pero el rey lo ordenaba, y cayó también. Delante de la corte giraba lentamente, muy lentamente, la puerta de hierro, brindando fácil entrada a cuantos traspasasen su dintel.

Don Rodrigo fue el primero que lo salvó; adelantose de un salto, y después de una breve vacilación, que no duró un segundo, los cortesanos se precipitaron tras él. En las almas inficionadas del veneno del servilismo, la adulación al poderoso es mil veces más fuerte que el sentimiento del deber.

No tuvieron que andar mucho los necios buscadores de desgracias para convencerse de que el sitio en que se encontraban no podía ser obra de hombres; todo anunciaba allí una fuerza superior. Vieron delante de sí una puerta menos grande que la primera, y, penetrando por ella, exhalaron un grito de sorpresa al hallarse en una gran sala cuadrada, en medio de la cual había un lecho muy lujoso, y acostado en él un hombre de atléticas formas, armado de todas armas, y con un brazo extendido sosteniendo una escritura que uno de los caballeros, más osado, recogió entregándosela luego al rey, el cual, tratando de disimular el terror que empezaba a apoderarse de él, leyó con voz poco segura lo siguiente:— Tú, tan osado que este escrito leerás, para mientes quien eres y cuanto mal vendrá por ti; que así como por mí fue poblada y conquistada España, así será por ti despoblada y perdida; y quiérote decir que yo fui Hércules el Fuerte, aquel que toda la mayor parte del mundo conquisté y a toda España. Y maté a Gerión que era señor de ella y conquisté muchas gentes y fuertes caballeros y nunca hallé quien me conquistase, fuera la muerte. Cata lo que harás; que de este mundo al otro no llevarás más que el bien que hicieres.

Quedó suspenso don Rodrigo, pero esforzándose por aparecer sereno, y volviéndose a sus caballeros que amedrentados le miraban:

—Poco cuidado —les dijo— pueden darnos tan singulares profecías. Nadie sabe el secreto del porvenir, y mal podía el buen Hércules haber sorprendido sus ocultos arcanos. Prosigamos la visita de estos extraños lugares, verdaderamente maravillosos por su riqueza, y no nos detengan estas historias de peligros imaginarios y de desgracias que no existen.

Cobraron con esto algún ánimo los más despreocupados, y unos y otros siguieron al monarca, que abriendo una nueva puerta, penetró en una segunda sala igual a la primera, donde otras maravillas le esperaban. Sobre un pilar, colocado a un extremo de la habitación y alzado unas dos varas sobre el suelo, había una estatua de gigante, teniendo en la mano una pesada maza de armas en ademán de herir con ella el pavimento. Detrás de la estatua, en la pared, se veía escrito con brillantes caracteres, rojos como sangre recién salida de las venas: «REY TRISTE, POR TU MAL HAS ENTRADO AQUÍ». En la pared de la derecha y con los mismos caracteres, vieron esta otra leyenda: «POR EXTRAÑAS NACIONES SERÁS DESPOSEÍDO Y TUS GENTES MALAMENTE CASTIGADAS». En la espalda y el pecho de la estatua había otros letreros; el primero decía: «LOS ÁRABES INVOCO», y el segundo: «MI OFICIO HAGO». Al llegar aquí, todos hubieran deseado volverse sin profundizar más el misterio que ante ellos se presentaba anunciándose con tan terribles vaticinios, pero don Rodrigo comprendió que no sentaba bien a su dignidad una retirada que se tomaría por fuga vergonzosa y, abriendo una tercera puerta, penetró en otra sala que por un momento hizo olvidar temores y prorrumpir en gritos de admiración.

El aspecto interior de aquella sala era el mismo que el aspecto exterior del edificio. Piedras de distintos colores se unían en mil diversas formas, engendrando raras figuras soñadas por una turbulenta fantasía. Escenas de amor en la orilla de un río, en el secreto de un baño, a la sombra de verde follaje, en cuyas hojas parecía sentirse palpitar el beso del viento y la armoniosa queja de los pájaros; sátiros persiguiendo a ninfas que corrían desnudas ocultándose entre los álamos; amorcillos jugando con la pesada armadura de Marte que era despertado por Venus; batallas campales que infundían aliento guerrero al espíritu; marciales atavíos de guerra; instrumentos de música; todo se confundía en los cuatro lienzos de pared, trasparentes como el cristal, bordados de mil ventanas caprichosamente talladas, por las cuales entraba la luz iluminando la sala y dándola la misma claridad que había en el exterior. «Cada pared era de un color —dice el cronista—: blanca una como la nieve; negra otra como la pez; verde la tercera como la fina esmeralda, y la cuarta bermeja más que la sangre muy clara.» A un lado de esta habitación había un gran poste de la altura de un hombre debajo de una pequeña puerta encajada en la pared, y sobre esta un letrero griego que decía:

«Cuando Hércules hizo esta casa, andaba la era de Adán en 3006 años».

Abrió el rey la puerta y encontró en un gran hueco del muro una linda arquilla dorada, cubierta de piedras preciosas y cerrada con un pequeño candado de oro; sobre la tapa había la siguiente leyenda también en griego:

«El rey en cuyo tiempo se abra esta arquilla, no puede ser que no vea maravillas antes de su muerte».

Gran alegría causó a don Rodrigo esta lectura, que devolvió un tanto la calma a su apenado espíritu, pues era la primera en que no veía alusiones al gran desastre que ya empezaba a temer. Volviose a sus caballeros, algo repuestos también por el bello aspecto de la habitación en que a la sazón se encontraban —tan distinta de las anteriores— y les dijo:

—Como premio a nuestra constancia en seguir adelante despreciando los embusteros avisos que nos han dado esas estatuas, vamos, por fin, a encontrar el tesoro del rey Hércules, que le guardó con tantas precauciones sin duda porque no fuera a parar a manos de algún cobarde o preocupado caballero. Ya veis que tenía yo razón al querer entrar en este palacio, y mucha más al reírme de vuestro pueril temor.

Los cortesanos se acercaron entonces al monarca que, haciendo saltar el candado del arca con la punta de su puñal, la abrió dirigiendo a su fondo una ávida mirada, pero pronto se hizo atrás sorprendido. Dentro de ella solo había un paño blanco plegado y sujeto a dos tablas por medio de alambres. Lo desplegó, y nuevamente se pintó el espanto en sus ojos, y la angustia invadió su alma. En aquel paño había pintada inmensa muchedumbre de figuras de árabes, envueltos en sus blancos alquiceles, teniendo pendones en la mano, la espada pendiente de un cinturón al cuello, las ballestas a la espalda, descansando en los arzones de las sillas. Solo el pensamiento podía contar aquella innumerable multitud de seres extraños, a caballo todos, que se agitaban, se atropellaban, se confundían en revuelto remolino, como granos de arena que empuja un viento huracanado; sobre ellos otra leyenda, en hebreo, decía:

«Cuando este paño fuere extendido y parecieren estas figuras, hombres que andarán así armados conquistarán a España y serán de ella señores.»

Pálido y convulso el rey, llenos de asombro los imbéciles cortesanos que no tuvieron valor para oponerse a su insensato intento, permanecían mudos de espanto, sin ser dueños de sí mismos para huir de aquel lugar maldito cuyo suelo les abrasaba los pies. Entonces, y solo entonces, comprendieron la verdad de la tradición conservada de siglo en siglo, a través de las edades y a través de las instituciones. Pero ya era tarde; se había roto la valla puesta por Hércules a la terrible desventura, y el rayo estallaba ya en el viento, pronto a herir la cabeza rebelde que osaba mirar al cielo tratando de sorprender sus designios inescrutables. El mismo rey no se atrevía a hablar por miedo de que al eco de su voz se desplomase el edificio aplastándolo entre sus ruinas. Pero otro hecho inexplicable vino a sacarlos de su estupor.

La estatua que había en la segunda sala, como movida por una fuerza invisible, empezó a golpear el suelo con su terrible maza de armas, y su ronco son conmovió las paredes del palacio. Sonaron de pronto todos los ruidos que se oían por la noche, y atronó el aire el estrépito verdaderamente infernal de aquel terrible concierto en que cada estrofa era un rugido y cada nota una blasfemia. Y al escucharlo don Rodrigo, y tras él sus caballeros, huyeron despavoridos pasando por delante de la estatua que seguía golpeando furiosamente el suelo, sin atreverse a levantar los ojos por no encontrarse con los de la escultura, que animados por extraño fuego, parecían dos relámpagos.

Cuando se vieron fuera del mágico recinto alzaron su frente al cielo como para darle gracias, pero enseguida los bajaron con temor. Densas nubes en cuyas negras entrañas fermentaba el resoplido de la tempestad, surcaban el aire derramando sobre la tierra sombras oscuras como la misma noche. Retumbó con fuerza el trueno, brilló el rayo como culebra de fuego, y se encendió el espacio semejando una gran hoguera en breves instantes. Una lengua de fuego se desprendió de las apiñadas nubes y se enlazó a la encantada torre del alcázar, envolviéndola en roja llamarada. Oyose un chasquido horroroso y vínose abajo el edificio, abriéndose en su lugar ancha sima en la cual se hundieron sus escombros calcinados. En medio de aquel ruido espantoso se oía claro y distinto el de la maza de armas manejada por el gigante de hierro, hiriendo con fuerza las entrañas de roca de la tierra.

El rey y los suyos, montando a caballo y poseídos por un terror supersticioso que no podían contener, huyeron de aquel lugar entrando a poco, despavoridos y temblorosos todavía, por las torcidas calles de Toledo.

II

Desde aquel día huyó la sonrisa de los labios de don Rodrigo.

Él, el indiferente, el incrédulo, creía tener siempre delante aquel espectáculo pavoroso, y oír aquellas palabras que vibraban constantemente en sus oídos y chispeaban constantemente ante sus ojos; terrible Mane, Thecel, Phares escrito en las sombras de su conciencia con los amenazadores caracteres del remordimiento.
Nada, sin embargo, daba ocasión a sus temores. El reino estaba en paz; los partidarios de Wittiza aplacados; los revoltosos cántabros vencidos; ningún peligro exterior amenazaba la seguridad de las fronteras... ¿Por qué, pues, no podía alejar de su pensamiento aquellos tristes vaticinios, aquellas desoladoras amenazas?
Hallábase una tarde en su alcázar contemplando con triste mirada las serenas aguas del Tajo, que al pasar le enviaban algo como un gemido, y teniendo ante sí el elegante Baño de la Cava, que en el aroma de sus flores parecía enviarle también algo como un remordimiento, cuando le anunciaron que un enviado de Teodomiro, el gobernador godo de Andalucía, traía un mensaje para él. Sin saber por qué, nuevamente acudió a su imaginación el recuerdo de Hércules y su palacio encantado, y levantándose con sobresalto, dio orden de que el mensajero fuese llevado a su presencia. Después, dirigiéndose hacia él, cogió apresuradamente el pliego que este le presentaba de rodillas, se acercó a una ventana para ver mejor, y paseó su mirada ansiosa por aquellas líneas trazadas con mano trémula por Teodomiro. No leyó más que el principio del mensaje:

«Señor —decía—, aquí han llegado gentes enemigas de la parte de África, que por sus rostros y trajes no sé si parecen venidas del cielo o de la tierra; yo he resistido con todas mis fuerzas para impedir la entrada, pero me fue forzoso ceder a la muchedumbre y a la impetuosidad suya; ahora, a mi pesar, acampan en nuestra tierra: ruegoos, señor, pues que tanto os cumple, que vengáis a socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; venid vos en persona que será lo mejor.»

Al llegar aquí sintió pasar un velo de sangre por delante de sí; hizo una señal al mensajero para que se retirase, y una vez solo, se dejó caer con desaliento sobre un sitial, estrechando convulso contra su pecho la carta de Teodomiro.

El oráculo había hablado, y ya empezaban a cumplirse sus tremendas profecías.


III

No el palacio encantado, porque desapareció del modo que narra la leyenda apenas salió de él don Rodrigo, pero la sima que se abrió en su lugar y a la cual dio el pueblo el nombre que hoy conserva de Cueva de Hércules, podéis verla todavía en el sitio donde antes se encontraba la parroquia de San Ginés en Toledo, si sois aficionados a todo aquello que guarda entre sus muros o sus ruinas un recuerdo tradicional. Asilo también de muchas tradiciones y consejas —que tal vez cuente otro día— fue cerrada en 1546 por el cardenal Silíceo, por las prácticas y temores supersticiosos a que daba lugar en el pueblo, y abierta en 1851 por una sociedad de jóvenes entusiastas que quisieron descubrir su verdadero origen, y la limpiaron de escombros en una extensión de 50 pies de largo por 30 de ancho, hasta que llegaron a la roca viva. Allí va todavía la fantasía popular a buscar una de las causas que motivaron la caída de la monarquía goda y la dominación de España por los árabes.

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